26 octubre 2014

Palabras para un lunes


[No] es mucho lo que recuerdo de los dos años que asistí a la es-cuela de la Catedral de Llandaff, entre los siete y nueve años de edad. Sólo dos momentos subsisten claramente en mi memoria. El primero no duró más de cinco segundos, pero jamás lo olvidaré.

Era mi primer curso y volvía a casa solo y a pie, atravesando la plaza del pueblo después de clase, cuando, de un modo imprevisto, me veo venir a uno de los mayores, un chico de doce años, pedaleando a toda velocidad en su bicicleta carretera abajo a unos treinta pasos delante de mí. […] El chico bajaba lanzado por la cuesta, y al pasar como una exhalación por mi lado va y se pone a pedalear  muy rápido hacia atrás, de forma que el mecanismo de piñón libre de su bici hizo un ruido vivo y trepidante. Al mismo tiempo, retiró las manos del manillar y se cruzó de brazos como si tal cosa. Yo me quedé clavado en el sitio, mirándolo sin pestañear. ¡Qué chaval tan estupendo! ¡Qué resuelto, y valiente, y gallardo con sus pantalones largos, y sus pinzas en las perneras, y su gorra escolar colorada puesta tan airosamente al bies! Un día, me dije, un día glorioso tendré yo una bici como ésa, y llevaré pantalones largos con pinzas en las perneras, y la gorra puesta así de lado, y bajaré zumbando por la cuesta, pedaleando hacia atrás, fuera del manillar las manos! 

Os juro que si en aquel momento me hubiese agarrado alguien por el hombro y me hubiera dicho: “¿Cuál es tu mayor deseo en la vida, chiquillo? ¿Cuál tu ambición suprema? ¿Ser médico? ¿Músico famoso? ¿Pintor? ¿Escritor? ¿O primer ministro?”, habría yo respondido sin vacilar que mi única ambición, mi esperanza, mi máximo anhelo era poseer una bicicleta como aquella y bajar por la cuesta zumbando sin manos en el manillar. Eso sería algo fabuloso. Me estremecía de emoción sólo pensarlo.


Roald Dahl Boy (relatos de infancia)

19 octubre 2014

Palabras para un lunes

Esta semana, Ángel Santamaría, alumno de 4º ESO, nos propone la lectura de un enlace web muy interesante sobre la serie Juego de Tronos, basada en la saga literaria creada por George R. R. Martin.




¿Habéis leído los libros? ¿y visto  la serie? ¿qué os parece cómo la han versionado? ¿Cuál es vuestro personaje favorito? ¿por qué creéis que tiene tanto éxito? ¡Espero vuestros comentarios!


 Pinchad aquí: Juego de Tronos

12 octubre 2014

Palabras para un lunes

Foto de Sandra Amor



«Nunca me ha parecido el otoño una estación triste. Las hojas secas y los días cada vez más cortos nunca me han hecho pensar en algo que se acaba, sino más bien en una espera de porvenir... ni tengo la sensación de que el tiempo huye. Sino de que todo es posible. El año comienza en el mes de octubre y creo que es la estación de los proyectos.»


Patrick Modiano En en café de la juventud perdida



09 octubre 2014

Cuentos inquietantes

Entre lo escritores de misterio o terror que han legado a la literatura piezas de indudable maestría se
suele incluir a Ambrose Bierce (1842-1914?) espíritu crítico e inconformista que recrea en Los cuentos inquietantes un horror encarnado en fantasmas, espíritus o presencias perturbadoras, pero siempre arraigado en el alma humana.
Luchó en la guerra civil americana en el Ejército de la Unión lo cual le dejó heridas y secuelas a lo largo de toda su vida. Se casó y tuvo tres hijos, los dos varones murieron antes que él. Se divorció tras encontrar unas cartas comprometedoras de un admirador a su esposa. En 1913, con 71 años, viajó a México con la intención de revisitar las zonas donde había luchado en la Guerra Civil, y ejercer de observador en la Revolución Mexicana, y su rastro se perdió en Juárez, por lo que a día de hoy se desconoce la fecha de su muerte.
Si bien su estilo cáustico y satírico le concedió notoriedad como periodista, hoy en día se le recuerda por sus incursiones en el género de terror, influyendo en autores de la talla de H.P. Lovecraft, y se le considera uno de los relatistas de este género más significativo del siglo XIX, junto a otros como Edgar Allan Poe o Guy de Maupassant. Se le conocía por el sobrenombre de Bitter Bierce (El amargo Bierce).
En Londres escribió sus primeras narraciones cortas, aparecidas en revistas y recopiladas más tarde en tres tomos, le crearon fama de humorista cáustico y mordaz. Su estilo se caracteriza por el constante uso de la ironía. Cuentista de primer orden, le debemos algunos de los mejores relatos macabros de la historia de la literatura: La muerte de Halpin Frayser, La cosa maldita, Un suceso en el puente sobre el río Owl, Un habitante de Carcosa, Un terror sagrado, La ventana tapiada, etc.
Al menos se han hecho tres películas sobre el cuento Lo que pasó en el puente de Owl Creek, lo cual lo convierte en su relato más conocido.
Si bien se suele encasillar a Bierce como un autor de cuentos de terror, no todos sus textos pertenecen a ese género, en cambio, sus textos suelen contener una fuerte dosis de sarcasmo o de lúcida ironía, que a menudo se convierte en un agudo humor negro. Se considera su mejor libro In the midst of life, conocido también como Cuentos de soldados y civiles, que comprende sus más sombríos relatos. Su obra más conocida es el Diccionario del Diablo.Entre sus cuentos hemos escogido Un habitante de Carcosa , el cual podéis leer a continuación:


UN HABITANTE DE CARCOSA
AMBROSE BIERCE

Existen diversas clases de muerte. En algunas, el cuerpo perdura, en otras se desvanece  por completo con el espíritu. Esto solamente sucede, por lo general, en la soledad  (tal es la voluntad de Dios), y, no habiendo visto nadie ese final, decimos que el hombre  se ha perdido para siempre o que ha partido para un largo viaje, lo que es de hecho verdad.  Pero, a veces, este hecho se produce en presencia de muchos, cuyo testimonio es la prueba.  En una clase de muerte el espíritu muere también, y se ha comprobado que puede suceder  que el cuerpo continúe vigoroso durante muchos años. Y a veces, como se ha testificado de  forma irrefutable, el espíritu muere al mismo tiempo que el cuerpo, pero, según algunos,  resucita en el mismo lugar en que el cuerpo se corrompió.

Meditando estas palabras de Hali (Dios le conceda la paz eterna), y preguntándome cuál sería su sentido pleno, como aquel que posee ciertos indicios, pero duda si no habrá algo más detrás de lo que él ha discernido, no presté atención al lugar donde me había extraviado, hasta que sentí en la cara un viento helado que revivió en mí la conciencia del paraje en que me hallaba. Observé con asombro que todo me resultaba ajeno. A mi alrededor se extendía una desolada y yerma llanura, cubierta de yerbas altas y marchitas que se agitaban y silbaban bajo la brisa del otoño, portadora de Dios sabe qué misterios e inquietudes. A largos intervalos, se erigían unas rocas de formas extrañas y sombríos colores que parecían tener un mutuo entendimiento e intercambiar miradas significativas, como si hubieran asomado la cabeza para observar la realización de un acontecimiento previsto. Aquí y allá, algunos árboles secos parecían ser los jefes de esta malévola conspiración de silenciosa expectativa.
A pesar de la ausencia del sol, me pareció que el día debía estar muy avanzado, y aunque me di cuenta de que el aire era frío y húmedo, mi conciencia del hecho era más mental que física; no experimentaba ninguna sensación de molestia. Por encima del lúgubre paisaje se cernía una bóveda de nubes bajas y plomizas, suspendidas como una maldición visible. En todo había una amenaza y un presagio, un destello de maldad, un indicio de fatalidad. No había ni un pájaro, ni un animal, ni un insecto. El viento suspiraba en las ramas desnudas de los árboles muertos, y la yerba gris se curvaba para susurrar a la tierra secretos espantosos. Pero ningún otro ruido, ningún otro movimiento rompía la calma terrible de aquel funesto lugar.
Observé en la yerba cierto número de piedras gastadas por la intemperie y evidentemente trabajadas con herramientas. Estaban rotas, cubiertas de musgo, y medio hundidas en la tierra. Algunas estaban derribadas, otras se inclinaban en ángulos diversos, pero ninguna estaba vertical. Sin duda alguna eran lápidas funerarias, aunque las tumbas propiamente dichas no existían ya en forma de túmulos ni depresiones en el suelo. Los años lo habían nivelado todo. Diseminados aquí y allá, los bloques más grandes marcaban el sitio donde algún sepulcro pomposo o soberbio había lanzado su frágil desafío al olvido. Estas reliquias, estos vestigios de la vanidad humana, estos monumentos de piedad y afecto me parecían tan antiguos, tan deteriorados, tan gastados, tan manchados, y el lugar tan descuidado y abandonado, que no pude más que creerme el descubridor del cementerio de una raza prehistórica de hombres cuyo nombre se había extinguido hacía muchísimos siglos.
Sumido en estas reflexiones, permanecí un tiempo sin prestar atención al encadenamiento de mis propias experiencias, pero después de poco pensé: "¿Cómo llegué aquí?". Un momento de reflexión pareció proporcionarme la respuesta y explicarme, aunque de forma inquietante, el extraordinario carácter con que mi imaginación había revertido todo cuanto veía y oía. Estaba enfermo. Recordaba ahora que un ataque de fiebre repentina me había postrado en cama, que mi familia me había contado cómo, en mis crisis de delirio, había pedido aire y libertad, y cómo me habían mantenido a la fuerza en la cama para impedir que huyese. Eludí vigilancia de mis cuidadores, y vagué hasta aquí para ir... ¿adónde? No tenía idea. Sin duda me encontraba a una distancia considerable de la ciudad donde vivía, la antigua y célebre ciudad de Carcosa.
En ninguna parte se oía ni se veía signo alguno de vida humana. No se veía ascender ninguna columna de humo, ni se escuchaba el ladrido de ningún perro guardián, ni el mugido de ningún ganado, ni gritos de niños jugando; nada más que ese cementerio lúgubre, con su atmósfera de misterio y de terror debida a mi cerebro trastornado. ¿No estaría acaso delirando nuevamente, aquí, lejos de todo auxilio humano? ¿No sería todo eso una ilusión engendrada por mi locura? Llamé a mis mujeres y a mis hijos, tendí mis manos en busca de las suyas, incluso caminé entre las piedras ruinosas y la yerba marchita.
Un ruido detrás de mí me hizo volver la cabeza. Un animal salvaje -un lince- se acercaba. Me vino un pensamiento: "Si caigo aquí, en el desierto, si vuelve la fiebre y desfallezco, esta bestia me destrozará la garganta." Salté hacia él, gritando. Pasó a un palmo de mí, trotando tranquilamente, y desapareció tras una roca.
Un instante después, la cabeza de un hombre pareció brotar de la tierra un poco más lejos. Ascendía por la pendiente más lejana de una colina baja, cuya cresta apenas se distinguía de la llanura. Pronto vi toda su silueta recortada sobre el fondo de nubes grises. Estaba medio desnudo, medio vestido con pieles de animales; tenía los cabellos en desorden y una larga y andrajosa barba. En una mano llevaba un arco y flechas; en la otra, una antorcha llameante con un largo rastro de humo. Caminaba lentamente y con precaución, como si temiera caer en un sepulcro abierto, oculto por la alta yerba.
Esta extraña aparición me sorprendió, pero no me causó alarma. Me dirigí hacia él para interceptarlo hasta que lo tuve de frente; lo abordé con el familiar saludo:
-¡Que Dios te guarde!
No me prestó la menor atención, ni disminuyó su ritmo.
-Buen extranjero -proseguí-, estoy enfermo y perdido. Te ruego me indiques el camino a Carcosa.
El hombre entonó un bárbaro canto en una lengua desconocida, siguió caminando y desapareció.
Sobre la rama de un árbol seco un búho lanzó un siniestro aullido y otro le contestó a lo lejos. Al levantar los ojos vi a través de una brusca fisura en las nubes a Aldebarán y las Híadas. Todo sugería la noche: el lince, el hombre portando la antorcha, el búho. Y, sin embargo, yo veía... veía incluso las estrellas en ausencia de la oscuridad. Veía, pero evidentemente no podía ser visto ni escuchado. ¿Qué espantoso sortilegio dominaba mi existencia?
Me senté al pie de un gran árbol para reflexionar seriamente sobre lo que más convendría hacer. Ya no tuve dudas de mi locura, pero aún guardaba cierto resquemor acerca de esta convicción. No tenía ya rastro alguno de fiebre. Más aún, experimentaba una sensación de alegría y de fuerza que me eran totalmente desconocidas, una especie de exaltación física y mental. Todos mis sentidos estaban alerta: el aire me parecía una sustancia pesada, y podía oír el silencio.
La gruesa raíz del árbol gigante (contra el cual yo me apoyaba) abrazaba y oprimía una losa de piedra que emergía parcialmente por el hueco que dejaba otra raíz. Así, la piedra se encontraba al abrigo de las inclemencias del tiempo, aunque estaba muy deteriorada. Sus aristas estaban desgastadas; sus ángulos, roídos; su superficie, completamente desconchada. En la tierra brillaban partículas de mica, vestigios de su desintegración. Indudablemente, esta piedra señalaba una sepultura de la cual el árbol había brotado varios siglos antes. Las raíces hambrientas habían saqueado la tumba y aprisionado su lápida.
Un brusco soplo de viento barrió las hojas secas y las ramas acumuladas sobre la lápida. Distinguí entonces las letras del bajorrelieve de su inscripción, y me incliné a leerlas. ¡Dios del cielo! ¡Mi propio nombre...! ¡La fecha de mi nacimiento...! ¡y la fecha de mi muerte!
Un rayo de sol iluminó completamente el costado del árbol, mientras me ponía en pie de un salto, lleno de terror. El sol nacía en el rosado oriente. Yo estaba en pie, entre su enorme disco rojo y el árbol, pero ¡no proyectaba sombra alguna sobre el tronco!
Un coro de lobos aulladores saludó al alba. Los vi sentados sobre sus cuartos traseros, solos y en grupos, en la cima de los montículos y de los túmulos irregulares que llenaban a medias el desierto panorama que se prolongaba hasta el horizonte. Entonces me di cuenta de que eran las ruinas de la antigua y célebre ciudad de Carcosa.
***
Tales son los hechos que comunicó el espíritu de Hoseib Alar Robardin al médium Bayrolles.

06 octubre 2014

ASÍ SOY YO

Con la llegada de septiembre nos hemos incorporado a las clases, para los alumnos y alumnas de 1º de ESO este ha sido un gran cambio, primero porque han cambiado de etapa, en nuestro centro tenemos el pasillo de Primaria y el pasillo de Secundaria, ellos han cambiado su ubicación en el centro y lo más terrible: han pasado de ser "los mayores de los pequeños" a ser "los pequeños de los mayores". También se han mezclado los grupos, y tenemos algunas nuevas incorporaciones; todo ello nos llena de ilusión e incertidumbre.
Para aliviar estos primeros momentos de tensión y conocernos mejor hemos realizado una actividad que consiste en darnos a conocer, indicando rasgos físicos propios así como de carácter, añadiendo alguna cosa que nos gusta y por supuesto también lo que nos disgusta.
Todo esto lo hemos hecho en forma de poesía y para ello nos hemos inspirado en un poema de Jorge Luján titulado Ser y Parecer.   Os recomendamos su lectura disfrutando de las ilustraciones de Isol.

SER Y PARECER

Soy lo más distinta de mí
que te puedas imaginar.
Tengo la frente grande
y unas pocas ideas
que navegan en ella
como en una pecera.
Aunque mis orejas semejan
dos claves de Fa
mis oídos no distinguen
un Do de un La.
Mi nariz es diminuta
y anda perdida en mi cara
pero puede oler bizcochos
a dos cuadras de distancia.
Mi boca pareciera
estar siempre cerrada
y mete la cuchara
en la ocasión menos deseada.
Mis ojos con todo y lentes
no ven más allá de mi nariz
aunque pueden percibir
los sentires de la gente.
Si tú quisieras conocerme
yo giraría sobre un pie
pero te esperaría un largo viaje
desde mi apariencia hasta mi ser.

 Jorge Luján

A continuación os dejamos las presentaciones de los alumnos de 1º ESO, como veréis tenemos algunos estupendos poetas y poetisas.



ASI SOY YO



Muy valiente hay que ser
Para toda una vida sin dificultades tener.

Tengo muchas, muchas pecas
Y algunas se parecen a las lentejas.

Yo creo que soy bastante fuerte
Pero sé que solo hace falta verme.

Tengo el pelo largo y negro
Pero no lo entiendo yo creo que soy moreno.

También soy espontáneo y muy divertido
A mí me encanta tener muchos amigos.

Me gusta mucho el baloncesto
Y meto mucha ropa en el cesto.

Yo también sé divertirme
Pero soy muy quisquilloso a la hora de vestirme.

No me gustaría estar sin mis amigos
Pero sin embargo estamos siempre unidos.

Si tú quisieras conocerme
Yo te dejaría verme.

Álvaro Hernández Amasuno


Tengo una mancha de nacimiento en el final del brazo izquierdo.
De pequeña me cosieron el labio porque me caí en el baño.
Tengo un lunar muy pequeño en la planta del pie izquierdo.
Soy muy alegre y positiva porque veo lo bueno de la vida.
Soy muy indecisa porque no tengo mucha prisa.
Soy muy divertida porque vivo la vida.
Me gusta mucho pintar porque puedo imaginar.
Me gusta mi hogar porque dentro puedo soñar.
Me aterra que me riñan porque me parece una descortesía.
Si tu quisieras conocerme, cuando puedas ven a verme.


Patricia Monje Inguanzo


05 octubre 2014

Palabras para un lunes

Comenzamos esta semana con un texto que Sara González Heras, alumna de 3º ESO,  ha leído y rescatado de la red social Twitter. ¿Viajamos?

Siempre he pensado que las ciudades son mujeres. París es esa señora con un tren de vida demasiado alto. Roma es tan loca, espontánea y anárquica como guapa, misteriosa y repleta de lunares por descubrir. Lisboa es esa chica que te enamora porque sí. Madrid es la vecina revoltosa, divertida y siempre con ganas de jarana.
Nueva York es un huracán de 18 años y largas piernas con la que no duras más de tres meses. 
                               
Y tú, Santander, puede que no seas la más guapa del mundo pero eres más guapa que cualquiera. Tienes mal carácter y muchas veces te ronda la cabeza una nube negra y te da por lanzar truenos y relámpagos. Pero, ay amiga, cuando quieres, cuando te da la real gana, eres la mejor. Tan insuperable y tan perfecta. Lástima que tu novio fue, es y será el mar, y contra él, de ojos azul verdosos jamás podré competir. Porque hasta yo me enamoro de él.

Manual de un buen vividor por El guardián entre el centeno

Foto de Ana Sánchez

01 octubre 2014

Más que un cuento, la leyenda

La leyenda es una narración que se presenta como una historia en la que se mezcla lo real y lo imaginario. Generalmente, las leyendas se relacionan con un lugar, un elemento de la naturaleza, un personaje o un acontecimiento concreto. A diferencia de los cuentos está siempre ligada a un lugar preciso y se centra en la integración de este elemento en el mundo cotidiano. Se suelen transmitir de forma oral de generación en generación por lo que es modificada a medida que se cuenta.

Por su temática se pueden clasificar en:
  1. Leyendas etológicas: aclaran el origen de los elementos inherentes a la naturaleza, como los ríos, lagos y montañas.
  2. Leyendas escatológicas: acerca de las creencias y doctrinas referentes a la vida de ultratumba.
  3. Leyendas religiosas: historias de justos y pecadores, pactos con el diablo, episodios de la vida de santos
En el siglo XIX se vivió en toda Europa una época de gran interés por las leyendas populares y Gustavo Adolfo Bécquer (1836-1870),  recogió diversas leyendas: El rayo de luna, el miserere, la corza blanca, el monte de las ánimas... Su verdadero nombre era Gustavo Adolfo Claudio Domínguez Bastida pero adoptó el apellido Bécquer perteneciente a unos antepasados paternos de origen flamenco. Su padre y otros antepasados fueron pintores y él mismo estaba dotado para el dibujo así como su hermano que terminó siendo pintor. Siendo aún un niño se quedó huérfano de ambos padres y fue adoptado por una tía materna, él y su hermano Valeriano tenían una relación muy estrecha que se reflejaría en el futuro en multiples trabajos y viajes que emprendieron juntos.
muchos autores cultos reelaboraron estos textos. Uno de ellos fue el sevillano
Cuando fue a vivir con su madrina que disponía de una selecta biblioteca poética se despertó en él su afición a la lectura.
En 1957 enfermó de tuberculosis que finalmente sería la causa de su muerte. Amó con pasión a varias mujeres y fueron la inspiración de sus Rimas y se casó finalmente con Casta Esteban y Navarro con quien tiene tres hijos aunque el último se murmura que es del amante de Casta, es 1868 considerado año tétrico para él por la infidelidad de su esposa y la muerte de su hermano y colaborador que le sume en una honda tristeza.
Posiblemente a causa de un enfriamiento invernal en la primera quincena de diciembre, su salud ya precaria hace que en unos pocos días muera. En sus días de agonía pidió a sus amigos que cuidasen de sus hijos y que publicasen su obra porque creía que iba a ser más conocido de muerto que de vivo. A la salida del funeral su amigo el pintor Casado del Alisal reunió a varios amigos para proponerles la publicación de la obra del malogrado autor. A él le debe su gloria literaria.
Aunque en vida ya alcanzó cierta fama, solo después de su muerte y tras la publicación del conjunto de sus escritos alcanzó el prestigio que hoy se le reconoce.
Su obra más célebre son las Rimas y Leyendas. Los poemas e historias incluidos en esta colección son esenciales para el estudio de la literatura hispana, sobre la que ejercieron posteriormente una gran influencia.
La leyenda elegida para nuestra lectura es El Monte de las Ánimas es un relatos que forma parte de la colección  llamada Soria. La leyenda cuenta lo que le ocurrió a un joven llamado Alonso al intentar complacer a su prima durante la noche de difuntos, la noche de la festividad de Todos los Santos. Se publicó el 7 de noviembre de 1862 con dieciseis leyendas más, en el diario El Contemporáneo.
Bécquer pretende haber recibido la leyenda por vía oral, y trata de darle vista de realidad con nuevos consejos, al final de la leyenda la historia del cazador.

EL MONTE DE LAS ÁNIMAS

 La noche de difuntos me despertó a no sé qué hora el doble de las campanas; su tañido monótono y eterno me trajo a las mientes esta tradición que oí hace poco en Soria.
     Intenté dormir de nuevo; ¡imposible! Una vez aguijoneada, la imaginación es un caballo que se desboca y al que no sirve tirarle de la rienda. Por pasar el rato me decidí a escribirla, como en efecto lo hice.
     Yo la oí en el mismo lugar en que acaeció, y la he escrito volviendo algunas veces la cabeza con miedo cuando sentía crujir los cristales de mi balcón, estremecidos por el aire frío de la noche.
     Sea de ello lo que quiera, ahí va, como el caballo de copas.
I
     -Atad los perros; haced la señal con las trompas para que se reúnan los cazadores, y demos la vuelta a la ciudad. La noche se acerca, es día de Todos los Santos y estamos en el Monte de las Ánimas.
      -¡Tan pronto!
     -A ser otro día, no dejara yo de concluir con ese rebaño de lobos que las nieves del Moncayo han arrojado de sus madrigueras; pero hoy es imposible. Dentro de poco sonará la oración en los Templarios, y las ánimas de los difuntos comenzarán a tañer su campana en la capilla del monte.

     -¡En esa capilla ruinosa! ¡Bah! ¿Quieres asustarme?

     -No, hermosa prima; tú ignoras cuanto sucede en este país, porque aún no hace un año que has venido a él desde muy lejos. Refrena tu yegua, yo también pondré la mía al paso, y mientras dure el camino te contaré esa historia.

     Los pajes se reunieron en alegres y bulliciosos grupos; los condes de Borges y de Alcudiel montaron en sus magníficos caballos, y todos juntos siguieron a sus hijos Beatriz y Alonso, que precedían la comitiva a bastante distancia.

     Mientras duraba el camino, Alonso narró en estos términos la prometida historia:

     -Ese monte que hoy llaman de las Ánimas, pertenecía a los Templarios, cuyo convento ves allí, a la margen del río. Los Templarios eran guerreros y religiosos a la vez. Conquistada Soria a los árabes, el rey los hizo venir de lejanas tierras para defender la ciudad por la parte del puente, haciendo en ello notable agravio a sus nobles de Castilla; que así hubieran solos sabido defenderla como solos la conquistaron.

     Entre los caballeros de la nueva y poderosa Orden y los hidalgos de la ciudad fermentó por algunos años, y estalló al fin, un odio profundo. Los primeros tenían acotado ese monte, donde reservaban caza abundante para satisfacer sus necesidades y contribuir a sus placeres; los segundos determinaron organizar una gran batida en el coto, a pesar de las severas prohibiciones de los clérigos con espuelas, como llamaban a sus enemigos.

     Cundió la voz del reto, y nada fue parte a detener a los unos en su manía de cazar y a los otros en su empeño de estorbarlo. La proyectada expedición se llevó a cabo. No se acordaron de ella las fieras; antes la tendrían presente tantas madres como arrastraron sendos lutos por sus hijos. Aquello no fue una cacería, fue una batalla espantosa: el monte quedó sembrado de cadáveres, los lobos a quienes se quiso exterminar tuvieron un sangriento festín. Por último, intervino la autoridad del rey: el monte, maldita ocasión de tantas desgracias, se declaró abandonado, y la capilla de los religiosos, situada en el mismo monte y en cuyo atrio se enterraron juntos amigos y enemigos, comenzó a arruinarse.

     Desde entonces dicen que cuando llega la noche de difuntos se oye doblar sola la campana de la capilla, y que las ánimas de los muertos, envueltas en jirones de sus sudarios, corren como en una cacería fantástica por entre las breñas y los zarzales. Los ciervos braman espantados, los lobos aúllan, las culebras dan horrorosos silbidos, y al otro día se han visto impresas en la nieve las huellas de los descarnados pies de los esqueletos. Por eso en Soria le llamamos el Monte de las Ánimas, y por eso he querido salir de él antes que cierre la noche.

     La relación de Alonso concluyó justamente cuando los dos jóvenes llegaban al extremo del puente que da paso a la ciudad por aquel lado. Allí esperaron al resto de la comitiva, la cual, después de incorporárseles los dos jinetes, se perdió por entre las estrechas y oscuras calles de Soria.